El tema del amor ha sido uno de los más recurridos a lo largo de la historia del pensamiento del hombre, prácticamente desde sus albores hasta nuestros días. Sobre la posibilidad –o imposibilidad– de su existencia y manera de ser millares de páginas se han escrito desde cada punto de vista imaginable (religioso, sociológico, psicológico, filosófico, biológico, etc.) sin que parezca agotarse en lo más mínimo su contenido. La causa de esto es sencilla: el amor es, esencialmente, misterio que envuelve a toda la persona humana, que se resiste a la definición y, sin embargo, no deja de presentarse de manera clara y distinta en la vida concreta de cada uno de nosotros. De aquí que todos sepamos de manera intuitiva qué cosa es el amor y fallemos al tratar de explicarlo.
Esto no quiere decir que sea imposible hacer un discurso racional sobre el amor. Antes bien, reconocer su carácter de misterio nos previene de querer someterlo a las definiciones totalizantes de la razón. No se trata tanto de definir-lo (de-finire: establecer límites), sino de decir-lo, tal y como lo experimentamos en nuestras vidas. No es, pues, el objetivo de este artículo hacer un tratado exhaustivo sobre el amor* (cosa imposible, además, dada la brevedad) sino, más bien, describir de manera algo liviana la manera en que la razón sola alcanza a comprenderlo.
Bajo el peligro ya descrito que comporta toda definición, me gustaría proponer la que Aristóteles escribe en su Retórica al tratar sobre el amor: «querer el bien para el otro», aunque con el añadido «en cuanto otro». Esta manera de entenderlo me parece comprensiva –no totalizante–, a la vez que muy actual a pesar de su antigüedad. El amor verdadero así descrito integra tres aspectos que hacen relación directa a la persona, de los que hablaré a continuación.
En primer lugar, el amor quiere. Querer es «un acto lúcido de la voluntad, que elige libremente». Surge de las mismas facultades que configuran al hombre en cuanto persona, distinto de los demás seres vivos, a saber: la inteligencia y la voluntad. Este aspecto, digámoslo así, es el que establece al amor como exclusivamente –y exquisitamente– de la persona. Sólo los seres personales son capaces de amar porque son los únicos que poseen la libertad espontánea propia del querer.
En segundo lugar, el amor quiere el bien. Lo que el amor quiere es el bien real y objetivo, aquello que perfecciona al amado; en otras palabras, lo que la hace más persona, más libre. En este sentido y dado que el amor es el acto más humano que cabe efectuar, no existe mayor bien que enseñar a amar, a orientar toda su existencia a la consecución del bien en sí y de los demás.
Por último, el amor quiere el bien del otro, en cuanto otro. En este último añadido se encuentra el quid del amor de benevolencia, la prueba de que en verdad estamos queriendo bien. No se quiere el bien del otro por motivos subjetivos e individuales, ni siquiera porque amando me perfecciono yo mismo; sino por él y para él, porque encuentro al otro digno de amor.
¿Y por qué son los otros dignos de amor? «Porque Dios los ha dotado de una capacidad intrínseca de amar, de relativizar sus instintos; porque los ha destinado a tener con Él, eternamente, un coloquio de Amor infinito».
* Para una exposición profunda, comprensiva y sistemática sobre el amor y sobre la que está basada este artículo, ver: Melendo Granados, Tomás, Ocho lecciones sobre el amor humano, 4ª ed., Ediciones Rialp: Madrid, 1992.
Otra obra quizá que pueda servir para la reflexión es la de el concepto de amor en San Agustín de Hannah Arendt, ahi trata el amor como un anhelo,ese anhelo es un deseo, algo que se pretende alcanzar, es por tanto “un tipo de movimiento y todo movimiento va hacia algo”, y más adelante hace una distinción entre el amor a las cosas terrenas (cupiditas) y el amor a Dios con un cierto tiente de eternidad (caritas).
Me parece interesante y que aporta mucho a tu reflexión….
Gracias Brambilon, justo cuando me sentia algo frustrado al respecto me has ayudado a aclararme, el amor al ser un lenguaje ilimitado se perfecciona con la practica de su expresion, practica practica practica, no me desanimo. un saludo señor de las palabras, que todo le traiga un bien a su corazon y que le sigan lloviendo bendiciones.
Chavo, me parece muy padre tu breve reflexión del amor, la cuál veo que se refiere a ese amor “verdadero” en el cual uno realmente desea el bien a otro.
Sin embargo, muchas veces uno confunde ese amor con el solo deseo y el bien personal. Bien decia por ahi el tocayo Nietzche:
“En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”
Señor de las palabras, veo que te nombran, y yo me sonrío alegremente. Un placer leerte, como siempre, me ha gustado mucho tu entrada. ¿Qué otra prueba quiere uno de que algo divino existe sino el hecho de que las personas tenemos la capacidad de amar? Me gustó mucho eso del “coloquio de Amor infinito”. ¿Es cita de Melendo o es tuyo?
Es cierto, esa capacidad de amar que todos, en cuanto personas, poseemos, es claro indicio de algo espiritual que trasciende nuestra materia. Los que la reducen a un simple proceso bioquímico olvidan la excentricidad en que vive todo hombre respecto de sí: él es capaz de salirse de su centro al relativizar sus instintos y proponerse nuevos fines distintos a los que su naturaleza le dicta. De ahí que pueda querer el bien del otro en cuanto otro.
Quisiera decir que esa cita es mía, pero honor a quien honor merece: es del señor Melendo.
Gracias por tus palabras, Xit. Siempre son muy apreciadas.